RES COGITANS


Siento cada día lo inútil del cuerpo

me ata a él la vida y ciertas perversiones,

es básico y me arrastra,

debo seguirlo, no se puede salir de él.

*

Sueño un ser anfibio,

apacible en el fondo, quieto,

mientras todo gira a su alrededor, sus ojos caen,

su cáscara en realidad, y todo se desprende de sí.

*

La dimensión que me socava se extingue,

los planos se desdoblan pero el cuerpo no pasa,

un periscopio espectral observa tímidamente un azul opiáceo,

vuelve a mi boca y se confunde en la materia.

*

El pensamiento parece fluir con el éter,

radiación propulsada por la energía configurada por el espíritu,

la última representación del hombre y la que deja de ser,

su obra maestra, el alma.

 

Adiós, recuerdo y el mensaje.


Hubiese querido

que la eternidad te asiera,

un tiempo más

casi todo el mío.

*

Me retumba cálidamente

los acordes, el eco,

los cálidos discos donde reposaban

melodías, la pared, tu cama.

*

Una tarde me tembló en el pecho

la congoja, un nudo, el frío,

un llamado y por otro tu olvido.

*

Nunca hay tiempo para todo

la verdad es ahora,

el adiós nunca demora.

Gracias a todos!!


Queda poco de este año y no quisiera olvidarme de algo tan esencial como lo es agradecer, ¡si! agradecerles a tod@s por estas +700 vistas que ha tenido el blog. Gracias por compartir conmigo esto que se hace día a día o cuando la poesía brota, en esos momentos difíciles o de alegría, gracias por estar ahí, dando una lectura, clickeando algún me gusta o simplemente compartiendo esto.

Muchas gracias de nuevo, espero verlos el próximo año tanto como este.

Daniel Castro

El pescador


216669_10150340099332845_564572844_9909800_560792_n

“Se dejó caer por la figura algo empinada de un montículo, cerca de la orilla preparó su caña improvisada, se pinchó el dedo; tal vez la gota de sangre en el anzuelo fuera de ayuda con los peces, encarnó por último su línea, le dolía un poco pero no era grave, falta de costumbre, en medio de la oscuridad zumbó la tanza y la plomada guiaba al fondo del río el artilugio peligroso, los destellos fueron el reflejo de la luna en el desvalorizado metal. De repente cuando la gravedad venció esta fuerza, se escuchó un golpe seco, algo no fue lo esperado, en ese instante el cuarto menguante delató lo terso inexistente. Quiso ir más allá de la orilla pero lo húmedo nunca comenzaba, a cambio de agua se encontró con algo parecido a una alfombra, acartonada y llena de tierra y hojas. Comenzó a darle vueltas al reel, el anzuelo estaba encajado, tiró y tiró más fuerte, la tensión mermo y atrajo a la orilla aquello que sabia no nadaba. Dejó todo en el suelo, se acercó y arrastró esta manta polvorienta y rasgada, debajo, yacía una superficie llana y delicada como ningún cristal, ahora con la ansiedad y lo perplejo dentro de él descendió por un hueco tallado a la perfección, se sentía en el aire, cierto temor le producía cada paso que daba, la sensación de vacío era completa, pero su estado lo animaba a más. El espiral descendente parecía no tener fin, pero su cuerpo se aligeraba a medida que avanzaba hacia lo más profundo de la tierra. Sin darse cuenta el último escalón dio a un salón de matices dorados y refulgentes, dejó caer la primera pisada cuando escuchó una voz. No supo entender el mensaje pero tampoco se sintió amenazado, camino hacia el fondo de esta gran nave y entre los destellos creyó ver una figura erguida. Desde ahí escucho esa voz apacible repetirse, un hombrecillo, pequeño, diminuto y cubierto por unas telas con detalles y  símbolos que nunca; nuestro pescador, había visto antes. De entre sus ropas levanto un brazo e indicó una dirección hacia la cual comenzó a dirigirse con paso ligero, lo siguió. Atravesaron otro sitio similar al primero, giraron, volvieron a avanzar, bajaron y subieron, hasta que ya no era posible distinguir el norte del sur, ni el arriba del abajo. El pequeño guía no habló en todo el intrincado camino. Este debería ser el último sitio: los pasajes y recovecos desaparecieron y solo una puerta era al final. Su indescifrable compañero repitió la seña y animó al pescador a seguirlo hasta allí. Deslizó su mano rápido y con un ligero toque abrió los grandes pliegos dorados y macizos de esta sala. La luz se apoderó del recinto y mermó, ante tan notable hallazgo sus ojos se posaron en una extensa maquinaria que cubría el centro del lugar. Similar en su forma y en su posición a un telescopio, un artefacto desconocido proyectaba un inmenso haz de luz a través del techo de la habitación, la cual no tenía fin, o mejor dicho, no contaba con algo que cubriese sus cabezas. Una pantalla a su costado transmitía imágenes de lo que pareciera la constelación de Orión, el anonadado visitante la contempló fijo, casi pétreo, la máquina a sus espaldas proyectaba la dimensión y forma del cielo y el universo que creíamos conocer.”